jueves, 29 de julio de 2010

UNA INTRASCENDENCIA QUIZÁ TRASCENDENTE


La prohibición de las corridas de toro en Cataluña, en términos objetivos, poco cambiará el cuotidiano de los catalanes.

Ya eran muy pocos los “aficionados” del lado derecho del Ebro.

Con solamente una plaza de toros, la Monumental, en la ciudad de Barcelona, Cataluña solo tenía una media de 20 corridas de toros al año, con una presencia muy pequeña de espectadores. Basta ver las fotos de las corridas de toro en la Monumental, en que solo una pequeña parte de sus 19.000 lugares aparecen rellenados.

Tanto que en 2008 siquiera hubo toros en la Monumental, por el perjuicio que daban.

Así que la prohibición aprobada esta semana por el parlamento catalán solo ha servido para oficializar el rechazo de la mayoría de los catalanes a las corridas de toro.

La esperanza para los antitaurinos es que el impacto mediático generado por la decisión de los diputados catalanes - bastante menor que el generado por la prohibición de las corridas de toro en Islas Canarias en los 90 - produzca una movilización en otras partes del Estado español que haga que otras comunidades autónomas prohíban las corridas de toro también.

No solo en Cataluña hay una fuerte oposición a las corridas de toros. Comunidades como Islas Baleares, País Vasco, Galicia, Aragón y Asturias también cuentan con un expresivo porcentaje de habitantes que están en contra de ellas.

Y, ciertamente, dentro de algunas décadas, incluso regiones de España que hoy cuentan con muchos aficionados, como Andalucía y la Comunidad de Madrid, tendrán una mayoría de antitaurinos, teniendo en cuenta la queda de espectadores en las plazas de toros.

Según una encuesta de Galup, en 2006, un 72% de los españoles no mostraban ningún interés por las corridas de toro. Siendo que entre los jóvenes de entre 15 y 24 años, este porcentaje subía para 82%.

Eso significa una España más civilizada y con valores más evolucionados que en el pasado. Por más ilustres aficionados que hayan tenido o que aun tienen las corridas de toros, como Sabina, Hemingway, Calamaro, Plácido Domingos o Picaso entre otros tantos, las corridas de toro representan en el imaginario de una sociedad basada en el respeto un guiño a la barbaridad y una válvula de escape para las cosas más monstruosos que guarda el ser humano dentro de si, capaz de torturar y matar a un animal sin cualquier otro motivo que lo pudiera mínimamente justificar.

Como dijo el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, “la corrida de toro es la exaltación máxima de la agresividad humana”

Argumentan los taurinos que los que comen carne son incoherentes en ser antitaurinos.

Yo, que soy sensible al sufrimiento de un animal, cuánto más grande sea el nivel de conciencia de éste, siempre me pregunto cuando ingiero carne si este acto me hace un ser antiético.

Ya he escuchado cosas que amplifican o disminuyen mi preocupación. De un lado que el sufrimiento de los buyes, vacas o cerdos en los mataderos es muy rápido con los choques o tiros que llevan, teniendo una muerte en el instante.

De otro que hay muchos mataderos que no cumplen con los requisitos básicos de tratamiento a los animales que servirán como alimento, haciendo que los animales tengan un dolor muy prolongado.

Por las dudas, me gustaría ser vegetariano. Pero, la necesidad que tengo en consumir proteína, me hace contrariar este deseo. Quizá, así esté actuando de una manera egoísta.

El hecho es que no se puede comparar la matanza de animales con fines exclusivamente de alimentación con la muerte gratuita que hay en la corrida de toros u otros horrendos “espectáculos” que usan animales como “protagonistas”

Otros argumentos, como la estética taurina y su arraigada tradición en España tampoco pueden servir para sostener retóricamente las corridas de toros.

Son justificativas muy frágiles, basadas en puros caprichos, ante toda la salvajería contenida en las corridas de toro.

Cataluña, con esta prohibición, da un gran ejemplo al resto de España. Que el hombre no debe proteger solamente al hombre. Y que así el sustantivo “ser humano” también pueda ser entendido como un verbo seguido de un adjetivo. Es decir, que los hombres “sean humanos”.

Sin corridas de toros ciertamente lo serán más.

lunes, 12 de julio de 2010

DE LA FURIA A LA ROJA

Era 1920, en los Juegos Olímpicos de Amberes. España jugaba contra Suecia. El gol heroico de Belauste, tras pasar por cinco suecos, más que la clasificación significó para España un apodo que llevó por muchas décadas, “Furia.”

El alias representaba a una selección que se acostumbró a derrotas y decepciones – cosas que generan, de hecho, mucha furia. Pero que también representó, durante los años franquista, a un país furioso. La furia del régimen contra quien pensaba diferente. Y también la furia de ser perseguido por él.

La democracia – con lo relativo que conlleva esta palabra – ha hecho que los españoles fuesen menos furiosos, aunque, motivos para alguna furia siguiesen existiendo: paro, corrupción y crispación entre las nacionalidades históricas y el resto de España, entre los principales.

La selección española en democracia continuaba poniendo a los españoles furiosos. Furia por la sufrible campaña en su propio Mundial, en 1982. Furia por la copiosa falla de Arconada en la final de la Eurocopa de 1984. Furia por el árbitro tailandés favoreciendo clamorosamente a Corea del Sur en los cuartos del Mundial de 2002. Furia por el codazo no penalizado de Tassoti en Luis Enrique en los cuartos del Mundial de 1994. Furia por el penal fallado por Raúl contra el francés Barthez en los cuartos de la Eurocopa de 2000. Furia por la tanda de penalidades que significaron la eliminación en los cuartos del Mundial de 1986 y de la Eurocopa de 1996. Furia por el límite que eran los maltrechos cuartos.

Desde 2004 La Furia poco a poco iba dejando espacio para La Roja - un alias que sería inadmisible en el franquismo. La furia de los españoles con su seleccionado también iba desapareciendo. En 2006, verdad, tuvieron que aguantar más un desaire en el Mundial de ese año. Pero, todo ha cambiado en 2008. La conquista de la Eurocopa de ese año y ahora del Mundial de 2010 han hecho que los españoles hayan reemplazado el fatalismo por la confianza, el automatismo de los fracasos por el automatismo de los triunfos y mala suerte por la buena suerte – incluso en las decisiones del arbitraje.

El nuevo y colorido alias también ha simbolizado el paso a la modernidad, representada por un fútbol que, más allá de las victorias, mostraba belleza y requinte, en que, como dice Johan Cruyff, ser amigo del balón es lo principal.

La Furia también tenía algo que ver con un país que tenía en la corrida de toros un símbolo nacional. Cuánta furia debe estar contenida en un pobre animal víctima de la furia de hombres que hacen de la barbaridad una fiesta. Felizmente, cada vez hay menos aficionados en este “espectáculo” grotesco en España.

En términos políticos, desde mi visión progresista del mundo, el color rojo también podría ser profundizado en España, un país con una desigualdad social más grande que el promedio de la Unión Europea y en que los pobres suelen cargar con las medidas anticrisis.

Sabiendo que será muy difícil que los españoles, al menos en el corto plazo, tengan un gobierno rojo, que disfruten con su fútbol rojo.

viernes, 2 de julio de 2010

EL NO ARGUMENTO

El obispo de San Isidro, Jorge Casaretto, fue la última figura mediática argentina a dar la contestación más cobarde que existe a respecto del posible cambio en el código civil argentino para permitir el casamiento entre homosexuales: “en el momento hay temas mucho más importantes”.

Además, Casperetto hizo cuestión de listar los temas que son más prioritarios que el matrimonio de personas del mismo sexo, en que los jóvenes que ni trabajan ni estudian – la tal generación ni-ni – ocupa el primer puesto.

No hay duda que la sociedad argentina se depara con cuestiones más peliagudas y graves que la prohibición que impide que los homosexuales contraigan matrimonio.

El problema en este argumento es que se encierra en si mismo, no contraponiendo, en absoluto, el tema.

Nadie puede negar que la legalización del casamiento entre homosexuales no conlleva ningún gasto del Estado, ni dependerá de ningún plan para que sea puesto en marcha.

Es decir, el casamiento entre homosexuales no se chocará con ningún otro asunto más urgente tanto en el ámbito de los recursos finitos del Estado como en relación al tiempo que las autoridades tendrían que gastar para que sea llevado a cabo - más allá del tiempo consumido en la discusión de su aprobación o rechazo por parte de los legisladores.

Basta tener una mínima comprensión administrativa, para la cual solo hace falta buen sentido, para saber que hay temas que dependen exclusivamente de voluntad política – entre los cuales el matrimonio entre personas del mismo sexo – y otros que por su complejidad o efectos colaterales deben ser tratados de acuerdo con su urgencia y posibilidad de ejecución.

Aumentar el haber de jubilación mínimo, por ejemplo, sin entrar en el mérito de la cuestión, depende de que haya recursos para ello. Lo mismo valía para la asignación universal por hijos.

Pero, el matrimonio entre homosexuales es gratis. El gobierno no tendrá que contraer deuda ni cancelar partidas ya presupuestadas para su realización.

Estar en contra o a favor del casamiento entre homosexuales es un derecho inherente a una sociedad de Estado democrático. Pero, que nadie tenga miedo de decir lo que piensa con subterfugios.

viernes, 11 de junio de 2010

LOS MUNDIALES Y YO

El periodista argentino Roman Iutch ha hecho una de aquellas reflexiones que me gustaría haber hecho yo. “Se mide el paso del tiempo a través de dos variables: los mundiales y el crecimiento de los hijos”

Yo no tengo hijos y creo que nunca tendré. Así que mi tiempo es basado solo por la variable de este evento que ocurre a cada cuatro años, que, por más que predigan su desaparición en virtud de un rol absoluto de los clubes multinacionales en el balompié, no para de crecer a cada edición, en términos de ingreso y audiencia.

Para mí, justamente el año de 1990, año del Mundial de Italia, sirve como referencia en mi existencia.

Fue la primera vez que vi (teniendo consciencia de estar viendo) a una Copa del Mundo.

Todo lo que antecede a 1990, o, más concretamente, al Mundial de 1990, parece para mí una pre vida.

El Mundial de 1990 también fue para mí el que más recuerdo con nostalgia. No la nostalgia de echar de menos al pasado por lo que ocurrió en él. Y sí una nostalgia por lo que podría haber sido y no fui.

En la Copa de Italia se consolidó definitivamente mi sentimiento contrario a los colores de mi propio país, Brasil. Sin saber bien porqué, poco antes del Mundial, en la Eliminatorias y en la Copa América de 89, me veía hinchando contra Brasil. De una manera natural y sin que tuviese la más mínima reflexión – algo un tanto impropio para un niño de siete años – de la razón por la cual esto se sucedía.

Quizá, querer llevar la contraria. O quizá, también, por una inconciente previsión de mi infeliz vida en los años posteriores. Al fin y al cabo, el sentir patriótico tiene mucho que ver con el sentido de pertenencia. Y la falta de éste me hacía profundamente reacio a cualquier aproximación amorosa con Brasil. Ya que mi vida se resumía, y, de cierta manera aun se resume, a mi mismo. Por eso, Brasil y los brasileños estaban en un plano y yo en otro.

Itália fue el equipo que me atrapó la atención. Tal vez por el AC Milán, primer club tras el São Paulo que me consideré hincha.

Mi apoyo a la azurra, se fue transformando en fanatismo conforme ésta iba avanzando. Hasta que llegó la trágica semifinal contra Argentina, la primera gran decepción de mi vida. De estas que uno no sabe cómo reaccionar, de la cual su resultado parece inadmisible para la continuación del curso de la vida.

La eliminación italiana ante la albiceleste me generó, incluso, un sentimiento de culpa. Por haber estado tan contento con la derrota de Brasil ante Argentina en los octavos.

Pensaba que si fuese Brasil y no Argentina el adversario las cosas ciertamente irían a ser distintas. Y no paraba de repetir que si pudiese volver en el tiempo habría preferido el pase de Brasil y no de Argentina – como si hinchar por un equipo tuviese algún influjo en los partidos.

Argentina, que ya no me inspiraba simpatía, tal vez por sus jugadores de pelo largo, que me parecía muy agresivo, ha pasado a ser el equipo que tras Brasil hinchaba más en contra.

Al menos, los comandados por Carlos Bilardo perdieron la final contra Alemania con un gol de penal mal señalado que los argentinos hasta hoy reclaman, olvidándose que antes hubiera dos que no fueron marcados. Decisión que acompañé en la casa de mis tíos, donde pasé gran parte de mi infancia. Me acuerdo que toda mi familia estaba haciendo fuerza por Alemania y solo mi abuelo paterno iba por Argentina. Con todos los demás indignados cómo él podría estar con Argentina, selección que la mayoría de los brasileños aman detestar.

Cuatro años después, en el Mundial de EEUU, yo era un crío paralizado. Sin reacción a mi entorno. Casi totalmente inmueble en la escuela, no logrando establecer la más mínima relación con mis colegas y siendo blanco de bullyng, del cual ni se hablaba en la época.

El fútbol era a par de mi estado inorgánico ante el mundo cada vez más una fijación. Casi solo me interesaba el fútbol. En ver, pues jugar ni tenía con quien hacerlo.

En 1994 ver al fracaso de Brasil era una obsesión. No podría imaginar al equipo nacional por el cual nutría un odio de estimación tornarse campeón del mundo. Pero, fue esto que acaeció, en aquella tarde de domingo, del 17 de julio, y justamente contra Italia, por quien repetí mi hinchada, pero sin el mismo fervor de hace cuatro años.

El triunfo del escrete contribuyó para que 1994 fuese, tal vez, el peor año de vida. Mi situación en la escuela llegaba a un límite insoportable. Mi familia no permitía que volviera y fuese solo a la escuela, aunque ya tuviese 13 años. Era obligado a volver acompañado por mis padres o por mis abuelos.

En el recreo me quedaba totalmente aislado en un rincón del patio, sin saber adónde ir, mientras los demás charlaban, jugaban y se reían de mi.

Además, 1994 supuso el fin de la hegemonía de mi São Paulo FC en la Copa Libertadores, tras dos títulos consecutivos. Por muchos años la victoria en los penales de Brasil en el Mundial de 1994 y la derrota del São Paulo, también en los penales en la final de la Libertadores fueron los días más tristes de mi vida.

En 1998, año del Mundial de Francia, seguía una vida aislada, pero sin sentirme tan frágil como antes. Arrancaba mi conciencia social y política, y, principalmente, el deseo que no quería seguir viviendo en Brasil.

Por una total ingenuidad imaginé que mis padres podrían financiarme en otro país cuando llegase la altura de empezar estudios universitarios. Elegí a Portugal, por la lengua. Coincidentemente, en este año, o, como influjo de esto pasé a tener acceso a Radiotelevisão Portuguesa Internacional. Vislumbré en Portugal mi futuro.

Me parecía increíble que podría cambiar de país hablando la misma lengua que en Brasil.

La ilusión de poder seguir una carrera en Portugal duró muy pocos meses. Luego cuando conté mis planes a mis padres, me dijeron que ni pensar sería posible (de hecho, yo mismo, con mi creciente vergüenza de la dependencia de mi familia no iría querer aunque hubiese alguna posibilidad)

Pero, decidí que Portugal iría a ser mi patria. Aunque solo yendo terminada la facultad.

Empecé, entonces, a nutrir dentro de mi un enorme amor por este país. En Francia 98 Portugal no estaba. Aun tenía alguna simpatía por la selección italiana y de nuevo hinché por el equipo transalpino. Aunque también me haya sensibilizado mucho por Francia, principalmente por el impacto que me causaba ver la Marsellesa cantada por todo el estadio. Los cuartos entre las dos selecciones me dejó con el corazón dividido. Pero, acabé haciendo fuerza por Italia. Fue justamente el juego más difícil para Francia, que solo ganó en la tanda de penales.

Entretanto, lo más importante era ver el fracaso de la “verde e amarelo”, aunque sin el mismo fervor de hace cuatro años.

Para mí bien Zidane y cia acorralaron a los entonces campeones del mundo en la decisión. Los 3-0 de los galos fueron un alivio.

En 2002, en Corea-Japón por la primera vez podría decir que tenía efectivamente una selección mia, la selección de mi país, Portugal – aunque eso fuese solo en mi imaginación, pues continuaba en Brasil.

En los mundiales anteriores, Italia era el equipo por el cual hinchaba, pero no tenía ninguna relación con Italia como país.

Ya estaba a un año y medio de terminar la facultad de periodismo, o, como suelo decir, la seudofacultad, pues en la facultad de periodismo no se aprende casi nada. En realidad, para quien tiene vocación de ser periodista, la facultad de periodismo no hace falta. Y para quien no tiene la vocación la facultad no sirve.

Después de haber llegado a la semifinal de la Eurocopa de 2000 y de haber realizado una muy buena eliminatoria, además de contar con el mejor jugador del mundo de 2001, Luis Figo, todo se podía esperar de Portugal. Y el todo terminó en nada. Con una eliminación luego en la primera fase.

En este Mundial ya no me preocupaba la selección brasileña. Quería que perdiese. Pero, el “penta” de Brasil no tuvo impacto en mi estado anímico.

En realidad, el Mundial de 2002 fue el que menos acompañé. Ya no tenía paciencia para ver a juegos entre selecciones que no me importaba si perdían o si ganaban (soy de aquellos que no se interesan mucho por el fútbol en si, pero sí por los equipos rivales y propios).

En el Mundial de Alemania de 2006, ya llevaba más de dos años de haberme seudolicenciado. Al contrario de lo que tenía como algo seguro a principio de mis anhelos lusos, no emigré. Acabé no teniendo coraje de ir, sin perspectiva de trabajo y de legalización. Pero, mi corazón seguía portugués, como sigue hoy. De esta vez Portugal fue mucho más lejos, llegando al cuarto puesto. Quizá si contase con un delantero de más contundencia podría incluso haber sido campeón.

En la final - ufa, la primera que Brasil no participaba desde 1990 - entre Francia y Italia, estuve con el equipo del hexagono, en razón de mi admiración por Francia, el más social y, principalmente, laico, de los países latinos. Infelizmente Italia fue más competente y venció en la tanda de penalidades tras el emparte de 1-1 en los 90' y en la prórroga.

Ahora, en este Mundial que empieza hoy en Sudáfrica, por la primera vez voy a ver esta competición fuera de Brasil.

No sé si mi vida tendrá un rumbo. Y no sé bien qué hago en Argentina, además de dormir, comer, cocinar, trabajar, leer e ir al gimnasio. Lo único que sé es que otros mundiales vendrán, y, con ellos, según el pensamiento de Iutch, al menos puedo saber para lo bueno y para lo malo, cuanto más viejo me voy quedando.

jueves, 27 de mayo de 2010

Fue bonita la fiesta, che


No tengo ningún encanto especial hacia Argentina. Por lo general no me identifico con su gente, con sus medios (principalmente su esquizofrénica TV), y, principalmente, con su vida política. Aunque, valore algunas cosas suyas, como lo barato que son los transportes públicos (principalmente por ser de un país en que los transportes públicos son carísimos) y su generosidad en relación al ingreso de inmigrantes.

Pero, en este 25 de mayo, fecha del bicentenario de la revolución contra la metrópoli española, hubo cosas que estuvieron más allá de mi frialdad sentimental en relación a Argentina.

Estando en el medio de la muchedumbre que se apiñaba alegremente por las calles de Buenos Aires en los festejos de la efeméride pude sentir el pueblo en su condición más genuina. Viejos; jóvenes; niños; bebes; pobres; clase media; ricos; borrachos; chetos; bosteros; gallinas; diablos; académicos; santos (y seguro que de tantos otros cuadros); peronistas (de los más variados sectores); radicales; socialistas; los de la llamada izquierda revolucionaria; los de la derecha más rancia; y los que no se importan nada para la política.

No importa si muchos no tuviesen consciencia y conocimiento de la historia, que era, al fin y al cabo, lo que se conmemoraba.

La presencia por si misma de millones de personas que, seguro, hicieron del centro de Buenos Aires el espacio con mayor concentración de gente del mundo mientras había los festejos, hizo que Argentina tuviera un momento impar. Solamente el hecho de que su aniversario propiciase el encuentro de tantos sectores diferentes de la sociedad, está más allá de todo.

Dudo, como dijo Fito Paez, el maestro del encierro del “cumple” argentino que la celebración del 25 de mayo puede marcar un antes o después de Argentina. Infelizmente hace falta otras cosas que momentos bonitos para que un país cambie.

Entretanto, el momento estará para siempre, para la eternidad. Me sentí, realmente, honrado de poder compartirlo con el pueblo argentino. Tanto que por la primera vez en mi vida canté, y con entusiasmo, su himno.

lunes, 26 de abril de 2010

El caso UMP y la hipocresía argentina


No podría haber sido mejor el juicio del Tribunal de La Haya a respecto del diferendo que tenían Argentina y Uruguay sobre la papelera UMP.

Hace mucho tiempo se sabe que la empresa finlandesa con producción ubicada en las orillas del Río Uruguay en la ciudad oriental de Fray Bentos no traía significativos problemas para sus aguas y para el medio ambiente en general. Incluso estudios argentinos, como el da Universidad de Buenos Aires y del Instituto Tecnológico Nacional, corroboran esto.

Entretanto, es cierto que Uruguay no cumplió con sus deberes de “socio” con su vecino. Para no tener el riesgo de perder la inversión de los finlandeses en su territorio, no tuvo dudas en meter el Tratado del Río Uruguay de 1975 en el cajón.

Por esto, que el Tribunal haya advertido Uruguay por este acto, pero que, a la vez, no pida la retirada de la papelera no significa que uno de los dos tenga absoluta razón.

La pregunta sería qué es peor. El lado uruguayo, que no comunicó al vecino, con cual comparte río y tratado sobre ello. O el argentino, que, insistentemente, pisó tierra en argumentos (la contaminación del río) que nunca pudieran ser probados de hecho. Principalmente los asambleístas de Galeguaychú, que hasta hoy paralizan la puente San Martín, que une los dos países. Pero también el gobierno argentino, que fue y sigue siendo connivente con ellos.

Entretanto, más importante que esta cuestión casi bizantina, lo importante es analizar el juego de doble vara de medir de las autoridades de Argentina y de parte de su sociedad, principalmente la prensa.

Muchos de los que han hecho ruido sobre los supuestos daños de la papelera poco o nada han hecho sobre las megas minerías en las provincia de San Juan, Santa Cruz, Catamarca. Además de La Rioja y Salta, con proyectos en curso.

En total, entre las ya instaladas y las que serán, serían cerca de 150 minerías al cielo abierto funcionando en Argentina.

Las megas minería al cielo abierto exigen para su funcionamiento 300.000 metros cúbicos de agua potable al día, que, por su vez, contaminada con tóxicos y metales pesados, como cianuro - del cual es usado nada menos que 10.000 toneladas – y ácido sulfúrico, aplicados tras la voladura de las montañas, termina yendo parar en acuíferos y ríos.

Por ende, el riesgo de efermedades de las poblaciones donde se ubican las minerías aumentaría exponencialmente. Así como se verificaría una escasez de agua potable.

Las minerías al cielo abierto han empezado su vía libre desde los 1990, en el gobierno de Carlos Menem, con la concesión de exenciones y ventajas fiscales para las empresas multinacionales que las explotarían, como la deducción de 100% en la inversión en el impuesto a las ganancias.

Ninguno de los gobiernos que han sucedido al riojano han tenido el más mínimo reparo con estas minerías. Por el contrario. Nestor Kirchner, incluso, declaró en su mandato que ellas serían un objetivo estratégico para el país.

No por casualidad, la multinacional de mayor envergadura en el sector, la canadiense Barrick Gold, fue unas de las mayores donadoras de la campaña electoral de la actual presidenta Cristina Kirchner, que, en cambio, vetó la Ley de Glaciares, del diputado Fernando Solanas, que impediría este tipo de emprendimiento al menos en los glaciares argentinos.

Mientras muchos continúan haciendo una borrasca en un vaso de agua por UPM, las mega minerías continúan su camino libre hacia sus millonarias ganancias, a cambio de los efectos perversos de sus explotaciones para el medio ambiente y para la salud de los pueblos que conviven con ellas.

miércoles, 14 de abril de 2010

Flamengo, legítimo campeão brasileiro de 1987


Ao decidir, definitivamente, dar a famigerada taça das bolinhas ao São Paulo, reconhecendo-o como o primeiro clube cinco vezes campeão brasileiro, a CBF acaba de ratificar um dos maiores absurdos da história do futebol brasileiro e, sem dúvida, o maior absurdo da história, em particular, do campeonato brasileiro: que o campeão nacional de 1987 é o Sport e não o Flamengo, legítimo campeão daquele ano e, por conseqüência, legítimo primeiro pentacampeão quando obteve o título de 1992.

Foi de uma enorme patifaria o ocorrido em 1987. Sem condições de organizar o campeonato da elite deste ano, os principais clubes do país, associados no Clube dos 13 reuniram-se em uma espécie de liga para a realização do nacional, como o nome módulo verde da Copa União.

Entretanto, no meio da competição, a CBF, que organizava o que seria a segunda divisão, o módulo amarelo, “vira a mesa”, e decreta, arbitrariamente, que o campeão nacional de 1987 sairia do cruzamento dos primeiros dois colocados do módulo verde e os dois primeiros do amarelo.

Em assembleia o clube dos 13 não aceita a decisão da CBF e recusa o imbecil cruzamento.

O Sport, campeão do módulo amarelo seria o campeão da CBF. Já o Flamengo, campeão do módulo verde, é, então, amplamente reconhecido pela opinião pública e pela mídia, hoje dividida, como o verdadeiro campeão nacional.

Ao longo dos anos, a CBF pressionada tanto pelo Flamengo quanto pelo Sport não quis mais pronunciar-se, deixando nas mãos do Clube dos 13 o reconhecimento.

Justamente o Clube dos 13, que foi o primeiro a rechaçar o insensato cruzamento da CBF, e que passa a lavar as mãos, já tendo o Sport entre os seus.

A entrega da taça das bolinhas, destinada ao primeiro clube que lograsse por cinco vezes o campeonato brasileiro, quando o São Paulo conquistou seu quinto título nacional, em 2007, esquentou o que deveria ser uma falsa polêmica. Para além do Sport e do Flamengo, a agremiação paulista também passou a ser “parte interessada” no tema.

A diretoria do clube mais glorioso do futebol brasileiro olvidou-se por completo sua posição de 1987 de defesa do módulo verde como o campeonato legítimo. Numa atitude mesquinha e oportunista pleiteou para o tricolor o estatuto de primeiro pentacampeão brasileiro.

Os argumentos dos que apagam o módulo verde da história são risíveis. Dizem que por ser uma liga a competição não teria valor. Então, todas as ligas europeias tampouco o terão.

Dizem que o Flamengo e o Internacional, os dois primeiros do módulo verde “fugiram” do Sport e do Guarani, os dois primeiros do amarelo. Quando, na verdade, apenas limitaram-se a cumprir o acordado pelo Clube dos 13.

E dizem que o fato do torneio chamar-se Copa União e não Campeonato Brasileiro já seria motivo suficiente para não considera-lo como tal. Esquecem-se que o campeonato brasileiro só começou a ter esta denominação em 1989. Antes tivera outros nomes, como Copa Ouro e Copa Brasil.

Entretanto, o mais espantoso é a incoerência de alguns veículos de comunicação social, como a Folha de S.Paulo, que ao mesmo tempo que não reconhece o Flamengo como campeão de 1987, reconhece o módulo verde para efeito estatístico do Campeonato Brasileiro.

Que os que defendem e prezam a justiça não se deixem levar pela decisão, ainda que oficial, de quem põe os interesses escusos muito a frente da verdade desportiva.