Cuando uno piensa
estudiar un determinado saber, teniendo como objetivo laboral, con su formación
y su respectiva habilitación, dar clases a respecto, seguramente, querrá que su
esfuerzo sea abocado en especializarse en las disciplinas correspondientes.
Pero basta con
dar una ojeada en el plan de estudios de los profesorados de los institutos
terciarios a lo largo y ancho de Argentina, para darse cuenta de que los
alumnos inscriptos en ellos tendrán que cursar un sinfín de materias cuyo
objetivo no es el aprendizaje específico de lo que van a enseñar como futuros
docentes (los pocos que se reciben, puesto que solo un pequeño porcentaje
termina la carrera).
Los profesorados
de los terciarios se dividen en materias de pedagogía/didáctica y en materias
específicas pertenecientes al nombre de la carrera, componiendo en su totalidad
la gran mayoría de las carreras, y algunas materias que no están vinculadas ni
unas ni otras. Las materias de pedagogía/didáctica casi que tienen el mismo
tiempo de cursada que las específicas, dependiendo del plan de estudio de cada
provincia, las responsables por los institutos terciarios, esa relación puede
variar para más o para menos. En lo teórico, de parte de quien aboga por esta
división, la explicación es que tan importante como conocer el contenido de lo
que el futuro docente va a enseñar, es saber cómo va a enseñar y cómo va a
pararse delante del alumnado. Y por ello aquellas materias de pedagogía/didáctica
serían tan relevantes como las específicas.
Pero a la justificación
supracitada le carece realismo y le sobra cinismo. Las materias de pedagogía/didáctica
ni por asomo serán tan importantes como las específicas para la labor docente. Además,
en su gran mayoría ni siquiera añadirán cualquier valencia para la persona cuyo
reto es dar clases. En resumen, son disciplinas asaz teóricas, especulativas y
redundantes. Haciendo con que el estudiantado o pierda mucho tiempo cursándolas
o haciendo con que dejen de estudiar más cosas de lo que quieren dar clases si
en su lugar hubiese más materias específicas.
Por los nombres de las materias uno ya puede darse cuenta de lo pleonásticas que son. Ejemplo, Práctica Didáctica y Didáctica. Hay que rizar mucho el rizo para encontrar diferencia entre las dos para que ameriten ser dos materias distintas. Es lisa y llanamente reírse de la cara del alumnado, que tiene que pagar muchos peajes en forma de gran esfuerzo, con los trabajos prácticos, parciales y finales, y asistencia para lo que poco que le van a servir esas disciplinas si quiere concluir la carrera. 80% de estas materias podrían ser extintas de los profesorados de los terciarios.
Más espantoso que tanto desperdicio de dinero por parte del estado con tantas horas de didáctica/pedagogía y tiempo por parte del estudiantado, es cómo no hay ningún tipo de debate en la sociedad argentina a respecto de algo tan evidente.
Un profesorado de
un terciario en comparación a un profesorado de nivel universitario tiene la
intención de ser más liviano y flexible. De hecho, es lo que ocurre en la práctica.
Es mucho más fácil recibirse en lo primero que en lo segundo (y también sería
bueno que se hablase de lo cargoso que son los estudios universitarios en
Argentina, principalmente en tiempos en que la financiación universitaria en
Argentina está en el primer plano del debate político). Pero sería mucho fácil
sin tantas horas didácticas y pedagógicas y sin que eso supusiera una pérdida de
calidad en la formación para lo que, de hecho, interesa a la persona que estará
habilitada a dar clase. Quizá, sin tantas barreras inútiles, habría mucha más gente
recibida como docente y mucho más desempleo en el rubro. Pero eso podría ser
resuelto con un examen de ingreso con cupo que reflejase lo que realísticamente
haría falta para el mercado de trabajo en el sector de las respectivas áreas disciplinares.
De este modo nadie perdería tiempo. Ni la persona estudiando para algo que no
tendría trabajo ni la persona que estuviera estudiando estaría perdiendo tiempo
con materias sin importancia y consideradas por muchos aburridas en contenido.
La buena labor docente
se constituye básicamente por conocimiento, buena capacidad retórica y experiencia
en el aula. Y no por tantas horas de teorías pedagógicas y didácticas.

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